SOBRE ACREDITACIÓN Y REACREDITACIÓN UNIVERSITARIA

Por: Manuel Marín Mozombite

El último sábado, la ciudad de Huánuco fue sede de la tercera intervención de sensibilización y movilización social que el Sineace (Sistema Nacional de Evaluación, Acreditación y Certificación de la Calidad Educativa) ha diseñado para llegar a la ciudadanía y promover una cultura de evaluación y de calidad educativa, a la que ha denominado Ruta de la Calidad; han participado, según lo planeado, dos universidades y dos institutos de educación superior. El evento de por sí, para cualquier protagonista de la educación superior, autoridad, docente, alumno y administrativo, deberá ser de interés o por lo menos llamarle la atención.

 

El evento tiene estrecha relación con los procesos de acreditación y reacreditación que hace más de un lustro han comenzado universidades del país y hechos realidad en carreras profesionales, que en base a esfuerzos de sistematización de procesos y de existencia de documentación física han pasado, hay necesidad de decirlo, los no tan exigentes y muy flexible requisitos en algunos casos. En la UNHEVAL, la carrera de Ingeniería Industrial fue la primera en acreditarse con el Consejo Nacional de Acreditación de Colombia.

 

Acreditar significa, entre muchas definiciones, demostrar la verdad o autenticidad de algo, especialmente asegurar o dar fe documentalmente de que una cosa es auténtica o verdadera; demostrar, especialmente con un documento, que una persona es quien dice ser. Esta simple definición obliga a los protagonistas del proceso a actuar con honestidad, indicando lo que hacen y lo que no hacen aún, lo que está en proceso de consolidación, a demostrar aquello que dicen ser u ostentar, con hechos y con resultados. Así, nunca como en los procesos hacia la acreditación y reacreditación se habla tanto de ciencia, tecnología, calidad, competitividad, ética, valores, compromiso, innovación, excelencia, círculos de calidad, emprendedurismo, formación profesional, investigación, responsabilidad social… La calidad de la educación en una universidad o en un instituto no se va a logar flexibilizando procesos de enseñanza y de evaluación, o nombrando una larga lista de palabras bonitas que en muchos casos están lejos de practicarla o de haberlo logrado.

 

Frente a ello se espera de los protagonistas dos cosas desde mi punto de vista: compromiso y actitud en la medida de lo posible. De autoridades, de tal manera que todo este proceso sea un proceso objetivo, libre de zancadillas a la verdad, que actitud y decisión esté lejos de parecerse al componente de algún proyecto político personal; los docentes no debemos olvidar nuestro rol con la enseñanza, la investigación y la responsabilidad social y por ello nuestra remuneración, que algunos no pongan en grado superlativo algún pasajero cargo político frente a su compromiso docente, soberbia de por medio, participar de estos procesos; los alumnos deberían sin necesidad de acciones coercitivas dedicarse a los estudios de manera responsable, exigiendo condiciones para su formación profesional, denunciando malas prácticas, si los hubiera, de sus docentes, no deben dejarse manipular en época de elecciones; el personal administrativo, siendo un efectivo soporte en este proceso, a la larga los resultados deberán también beneficiarlos a ellos, pues tendrá alto valor moral decir que se trabaja en una institución educativa acreditada.

 

Por ley, la universidad desarrolla tres responsabilidades claves en su entorno y en el largo camino hacia el desarrollo, la formación profesional, la investigación y la responsabilidad social universitaria. Sobre la primera, todas las universidades pueden preciarse de su larga o quizás innumerable lista de egresados y titulados, sin perjuicio de su calidad, pero ¿acaso todas pueden mostrar resultados objetivos inobjetables en los otros dos aspectos? De esto podemos ocuparnos más adelante, con seguridad que los hay, pero quizás no en lo que ya debería la universidad acreditar al respecto.

 

 

Leave a Comment